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El controvertido Jorge Mañach

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   Por Graziella Pogolloti

Hace poco, se presentó una tesis de doctorado sobre la crítica literaria de Jorge Mañach. La circunstancia me condujo, una vez más, a rememorar la polémica personalidad de uno de los intelectuales que, sin dudas, alcanzó mayor visibilidad durante nuestra república neocolonial, indispensable para descifrar los matices y complejidades de aquella etapa. Fue mi profesor de Historia de la Filosofía en la Universidad de La Habana. A lo largo de un año nos detuvimos en el estudio de los presocráticos, con el apoyo de una antología de textos publicada por Julián Marías. Era un excelente orador académico. Su dominio del léxico, su capacidad para articular un discurso coherente garantizaban una sorprendente habilidad para la improvisación tersa y fluida. Vestía con sobria elegancia trajes de colores neutros iluminados por corbatas de buen gusto. Siempre cortés y puntual, guardaba cierta distancia de los estudiantes. A diferencia de otros profesores, a pesar de su presencia activa en el espacio público como político y periodista, se mantenía al margen de la turbulencia universitaria. Poco después de producirse el golpe de Batista, la Universidad del Aire que conducía a través del circuito CMQ, sufrió un violento atropello. La Federación Estudiantil Universitaria lo invitó entonces a hablar en la escalinata, en ocasión de un aniversario de la caída del luchador revolucionario cubano Antonio Guiteras. Afirmó que el golpe contaba con el respaldo del imperialismo y propuso, a modo de resistencia pasiva, dejar de comprar productos norteamericanos. Formado en prestigiosas universidades europeas y norteamericanas, dueño de una extensa cultura y excelente prosista, se situó muy pronto a la cabeza de su generación. Sin embargo, su trayectoria ilustra el drama del intelectual en el contexto de la república neocolonial. Integrante del Grupo Minorista, “clan disperso” según Alejo Carpentier, formó parte del equipo fundador de la Revista de Avance. Ambos conglomerados heterogéneos coincidían inicialmente en el proyecto de contribuir al afianzamiento de la nación cubana lacerada por la mutilación de sus anhelos independentistas. Aspiraban a modernizar y desprovincianizar el país. Establecieron nuevas coordenadas culturales, revitalizaron los estudios sobre nuestras tradiciones históricas y literarias, impulsaron el rescate de la obra de José Martí. Abrieron paso a la vanguardia. Sujeto a las inevitables polémicas impuestas por el suceder generacional, el alcance real del vanguardismo no ha sido despejado del todo entre nosotros. Su impronta se ha reducido con frecuencia a la renovación de los lenguajes artísticos. En realidad, implicó una transformación sustancial de la mirada. La contribución sustantiva de los jóvenes que se definieron en la llamada “década crítica” consistió en revelar los valores de la cultura popular. El hallazgo repercutió en la visión de la historia, en la primacía concedida a los estudios etnográficos y al cambio de perspectiva respecto a las relaciones interraciales. Ese factor, junto a razones de orden político, precipitó la bifurcación de caminos por parte de los fundadores. La contradicción se manifiesta con nitidez en un texto clásico de Jorge Mañach, La crisis de la alta cultura en Cuba. Muy crítico respecto a la depaupareación de valores que advertía en su tiempo, el pensador propone un modelo contrapuesto: el de la proyección de los intelectuales del reformismo decimonónico. Corresponde pues, a las minorías portadoras de un saber letrado, sentar las bases para el rescate de la nación. Mientras tanto, las ideas de Fernando Ortiz maduraban rápidamente en el análisis concreto de los datos de la realidad, ejercían el magisterio siempre ambicionado por Mañach y quebraban las costras mentales heredadas del coloniaje. Cargadas de futuridad, reconocían la nación cubana en la multiplicidad de sus raíces y en la complejidad de una composición social nacida de una estructura esclavista. Con la prórroga de poderes impuesta por Machado, desaparecía la Revista de Avance. La política pasaba a ocupar el primer plano. Unidos desde fecha temprana por una amistad fraternal, Jorge Mañach y Juan Marinello tomaron rumbos opuestos, atravesados por rupturas y reconciliaciones. Fundador del ABC, Mañach llegaría a ser ministro y congresista. Distanciado de sus correligionarios, integraría el Partido del Pueblo Cubano (ortodoxo) e intentaría fundar el Movimiento Nacionalista Revolucionario. Marinello, en cambio, suscribió el marxismo y se convirtió en dirigente comunista. Ambos, sin embargo, coincidieron en la fidelidad al estudio de la obra de José Martí. Coincidieron también en la aspiración de construir la nación cubana. El conflicto se situaba en la definición del concepto de patria y, por consiguiente, en las vías para hacer posible la plenitud de su soberanía. Se percató Mañach de las consecuencias nefastas, en lo político y en lo económico, del plattismo (Enmienda Platt). No llegó a desentrañar la naturaleza real del imperialismo, por lo que no llegó a entender que su proyecto intelectual operaba en le vacío. Carecía del sustento de una burguesía nacional, ahogada por la dependencia neocolonial. Su carácter y su formación lo llevaban a un conservadurismo esencial, hecho de cautelas y de permanente búsqueda de fórmulas conciliadoras. Muy a su pesar, se vio envuelto en controversias de toda índole. Con Rubén Martínez Villena y con Raúl Roa, con José Lezama Lima y con Cintio Vitier. Su correspondencia refleja, además, un áspero encontronazo con Virgilio Piñera. Opositor de Machado y de Batista, las circunstancias de su vida lo condujeron a definirse frente a una revolución que se radicalizaba y tenía que afrontar el ataque directo del imperio en Playa Girón. Olvidado durante mucho tiempo, Jorge Mañach recupera el lugar que le corresponde en el panorama de la cultura nacional. Su vida y su obra adquieren un trágico y aleccionador perfil. Atrapado en las contradicciones de su tiempo, no pudo plasmar, en la obra cumplida, las posibilidades latentes en su talento y en su saber.

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