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Tres pilares de la docencia médica: Los doctores Armando Caballero López, Juan Carrizo Estévez (ya fallecido y quien fuera uno de los rectores de la institución), y Ramiro Ramos Ramírez.

Por Ricardo R. González

Para muchos ha sido un reloj indetenible en medio de su cabalgata, otros prefieren los recuerdos entre esas evocaciones matizadas por alegrías, tristezas, avances, y tropiezos entrelazados por la historia, pero lo cierto es que aquella pequeña escuela de medicina que, el 21 de noviembre de 1966, fraguaba sus sueños en la región central se ha transformado en el Alma Máter destinada a la formación de galenos, estomatólogos, personal de enfermería y tecnólogos de la Salud de algunas provincias cubanas y de buena parte del mundo.

Ya suman cinco décadas, y en hora de recuento la principal reverencia la tienen aquel restringido número de luminarias que, reunidas en una estrecha aula del único Hospital Clínico Quirúrgico existente en Santa Clara en aquellos momentos, decidieron compartir lo abrupto del camino a fin de consolidar la enseñanza médica.

El tiempo, el implacable hace que muchos de sus fundadores ya no estén, que quizás en alguna página amarilla se encuentre que le correspondió al doctor Ricardo Jorge Oropesa pronunciar las palabras de apertura de aquel acto marcado para algunos con los signos de una pura utopía, mientras otros daban la espalda o abandonaban la Patria en busca de nuevos horizontes.

Pero la perseverancia pudo más que las más implacables tempestades. Sin dudas, se abrían las puertas al universo del saber desde el Hospital Viejo de la calle Cuba a cargo de bisoños que, según cuentan eran 86, y orientaban sus vidas al futuro para sembrar la prometedora semilla.

Así prende una historia apoyada, quizás, en los versos del poeta español Antonio Machado entre esos caminantes que hicieron la senda al andar, y que poco a poco vieron como aquella idea germinaba y se hacía robusta.

Los años pasan, y ahí están los resultados en el campo de las investigaciones vinculadas a proyectos de primera línea en cada época. Por ello los aportes al bienestar poblacional en las diversas aristas de la genética, las malformaciones congénitas, la profundización en torno al infarto agudo del miocardio, el riesgo obstétrico y su influencia en la mortalidad materna e infantil, sin obviar cuán importante es preservar la salud bucal o contrarrestar las sepsis o infecciones intrahospitalarias, entre otros perfiles en los que interactúan experimentados profesionales y estudiantes de primera fila.

Ello demuestra que la hoy Universidad de Ciencias Médicas villaclareña (UCM) Dr. Serafín Ruiz de Zárate Ruiz, va más allá de la docencia para insertarse en universos que admite hasta las consultas a los pacientes dentro de los marcos institucionales con vistas a mejorar la calidad de vida de quienes tienen todo el derecho a prolongar su existencia.

A través del tiempo su claustro ha sido protagonista de numerosos cambios para diseñar el tipo de médico que se persigue y necesita la sociedad. Baste recordar el Destacamento de Ciencias Médicas Carlos J. Finlay cuya primera graduación durante el curso 1987-1988 respondía al médico general básico.

Tampoco han faltado las transformaciones en los programas de estudio, en los perfiles de cada carrera que, a base de mucho trabajo, contribuyeron a que la UCM alcanzara la categoría superior de Acreditación como antesala para transitar hacia la excelencia.

Ello representa un salto cualitativo influyente en la formación de profesionales de alta competencia que garantiza el alcance y repercusión social de la docencia médica en el territorio, a nivel del país y en otras naciones.

Vale entonces la referencia a los más de 26 200 egresados de sus aulas desde el curso 1968-1969 en sus 48 graduaciones. De ellos, 3 568 extranjeros procedentes de 60 naciones, entre las que despuntan Pakistán, Nicaragua, El Salvador y Argentina.

En medio de todo no se puede olvidar el carácter ético y humanista de los que un día optaron por la cura del próximo con la prestación de servicios en los lugares más intrincados del archipiélago o en otras latitudes que han necesitado las bonanzas del personal de Salud ante los diversos holocaustos del mundo, o simplemente en respuesta a la solidaridad internacional.

Muchas son las razones que pudieran incluirse en esta historia cuando ya otras provincias cuentan con sus respectivas universidades, pero —a mi juicio— la principal es el agradecimiento a todos aquellos bisoños que un día abrazaron la divina «locura» de refugiarse en los buenos instintos del Alma Máter, seguidos por quienes a través de las generaciones, auscultan el pulso de la vida desde el centro de Cuba.