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Uno de los símbolos de la escena cubana asegura ser una mujer que precisa aprender de la cotidianidad cada uno de sus matices para poder vivir

Quizá, las lomas de Banao, un pintoresco pueblo dividido por la carretera que lleva hacia Trinidad, no recuerde que por cerca de tres años acogió a una niña que, al poco tiempo, demostró con creces sus dotes histriónicas. A lo mejor, también Sagua la Grande y Santa Clara olvidaron aquellas jornadas en que la vida se le convertía, por instantes, en un gran escenario. Y es que esos sueños, resultaron la génesis de Eslinda Núñez.

«Como toda niña, me gustaba disfrazarme y hacer personajes. Siempre sentí una fuerte pasión por el arte. Por ello, comencé a pintar e interactuaba con lo que creaba. En esos juegos descubrí la actuación, aunque mi familia, por supuesto, estuvo en desacuerdo», relata sin borrar la sonrisa, que se le dibuja natural en el rostro.

Pero, en Eslinda todo ese mundo interior despegó a plenitud al conocer a Manuel Herrera, amigo primero, luego esposo y compañero de labores. Juntos se adentraron en el mundo artístico. Escribieron poemas; disfrutaron de muchas proyecciones de la entonces cinemateca santaclareña; soñaron en grandes planos y apostaron por un mundo de actuaciones, fotografías, luces, sonidos, parlamentos, talento y mucha acción.

«Nos casamos muy jóvenes y nos dirigimos hacia La Habana, dispuestos a defender esa pasión. Allí, un amigo habló con Vicente Revuelta para que me hiciera una prueba. Llegué a su academia en Neptuno y Campanario y quedé impactada al ver a Raquel Revuelta, Bertha Martínez, Sergio Corrieri… Jamás imaginé que me aprobarían», dice aún con un tono incrédulo.

Mas, la pequeña sala y quienes estaban en ella, descubrieron esa jornada, a una joven con un don natural, despojada de academicismos.

«Me mandaron a improvisar y cuando lo hice el mundo se hizo mío. No me había equivocado, eso era lo que me gustaba. Al poco tiempo, debuté en la sala Las máscaras y trabajé en el Teatro Musical de La Habana, porque Vicente nos preparaba en todo. Luego llegó mi primera película, El otro Cristóbal, dirigida por Armand Gatti», conduce con sus manos cada vocablo.

Posteriormente, tocaron a sus puertas cientos de propuestas. Mientras, se superaba con cuanto curso y opción encontrara por el camino. En cada uno de sus trabajos, la premio nacional de Cine 2011 demostró que no existen personajes indomables. Una veintena de filmes y más de 50 obras teatrales no la dejan mentir.

«Me he preparado mucho para poder hacer todo lo que me pidan. He bebido de grandes de la escena cubana e internacional e incluso mucha gente me interroga acerca de por qué, a estas alturas, trabajo con cineastas que apenas comienzan. Aprendo de quienes inician porque tienen nuevas ideas. Hay que indagar para saber de todo», afirma una de las pocas actrices que cuenta en su currículo con lo que muchos críticos han considerado los tres monumentos de la cinematografía cubana: Lucía (1968); Memorias del subdesarrollo (1968) y La primera carga al machete (1969).

«Mi vida ha sido para mí una sorpresa. Llegué a esas cintas por azar. Tomás Gutiérrez Alea, «Titón», me preguntó por qué no iba a las pruebas de Memorias…; pero, ya tenía el guión de Lucía en las manos y me daba un poco de vergüenza. Entonces, Humberto Solás, que era un ser maravilloso, me convenció y fui al casting, en el que estaban todas las mujeres de La Habana. Me presenté, sin muchas esperanzas, y al poco tiempo me llamaron para decirme que interpretaría a Noemí».

—¿Cuánto bebió de Solás?

—De todos aprendí. Pero, Humberto, primero era mi amigo. Trabajé en cinco de sus películas y al morir quedaron dos proyectos truncos. Era intuitivo, apasionado y cuando tenía una idea fija resultaba muy difícil cambiársela. Solo nos daba rienda suelta en los diálogos, para que se parecieran más a los de la cotidianidad. Pienso —y esto no ha sido estudiado por nadie, es un presentimiento— que él cambió el cine cubano a partir deManuela (1966), porque desterró de los intercambios entre los personajes cierta impostura heredada del cine mexicano. En lo personal, me enseñó lo que significa la palabra rigurosidad y me demostró que siempre se puede más.

—¿Cómo construye Eslinda sus personajes?

—Yo creo en lo que hago y si lo asumo así, el público tiene que creer en mí. Los tomo, los comienzo a conocer, me adentro en ellos, y ellos, a su vez, entran en mí. Y cuando menos me doy cuenta ya los tengo agarrados. Me sorprenden porque a mí me gusta que la vida me sorprenda. Pero, sobre todo, soy muy observadora y trato de aprehender cada uno de los detalles del entorno.

—Y si tuviera que elegir uno…

—Traté durante una época de alejarme de Lucía porque me querían encasillar. En cambio, luchaba por hacer una mujer diferente, fuerte. Constantemente, me pongo metas para lograr más allá de lo que otros piensan que soy capaz. Lucía es un recuerdo entrañable. Pero, en Amada (1983), me probé e indagué en el destino cotidiano que teníamos las mujeres en la época republicana.

En la década de los 70 del pasado siglo, Eslinda Núñez debutó en la pantalla chica, un medio controvertido para no pocos amantes del mundo del teatro.

«Siempre se habla mal de la televisión, a veces injustamente, porque se pasa mucho trabajo para hacerla. Tuve la suerte de laborar por vez primera allí con Carlos Piñeiro, en su obra El Chino, y aprendí muchas cosas. Entonces, comprobé que se podía hacer arte en ese medio y cuando me preguntan por qué lo hago, respondo simplemente: porque soy actriz».

—¿Qué otras pasiones le mueven?

—Muchas. Me estremece la vida cotidiana. Lo que más me interesa es conocer y cada día sé de cosas inconcebibles e inesperadas. Mi pasión es vivir a través de mis personajes, y reflejar de esa manera a quienes me rodean. A veces no quiero tener muchas cosas planificadas para que el futuro me sorprenda. El verbo de mi vida es aprender.

—¿El mundo de Eslinda, cómo se revela?

—Soy un ser humano que, de cierta manera, se siente aún en incógnita, pues siento que me interesan los problemas de otras personas, aprender de ellas e interpretarlas. Por ejemplo, cuando Consuelo Ramírez me presentó la Martha de Latidos compartidos no me enganchó en un inicio, porque no tenía esos grandes momentos dramáticos. Sin embargo, lo estudié y ahí está. No será el gran personaje de la vida, pero ya llegará.

—¿Deudas?

—No he podido hacer algunos personajes deseados porque el paso del tiempo me ha jugado una mala pasada. Por ejemplo, Solás pensó en mí para el protagónico de El siglo de las luces, pero no llegó en el momento oportuno. Ahora mismo, me dedico a mis nietos. No obstante, estoy abierta a que toque la puerta cualquier propuesta. Tal es así, que por ahí se prepara una película dirigida por Tomás Piard sobre Hamlet, una versión cubanísima, donde yo haría Gertrudis, su madre. Simplemente, soy una actriz que trabajo con una verdad muy grande y lucho por reflejarla para que el público me reciba con ella.

(Con información de Lisandra Gómez Guerra)